Reformas del Concilio Vaticano II Parte III


Este Concilio se llevó a cabo entre el 11 de Octubre de 1962 y el 8 de Diciembre de 1965, bajo el pontificado de Juan XXIII y en la obra: “La Reforma que llegó de Roma”, en la que se condensa lo más importante de dicha reunión respecto del asunto ecuménico dice: “Bien, pues una de las novedades para este Concilio es que la Iglesia Católica, Iglesia Oficial, se ha decidido por vez primera a un diálogo entre las distintas confesiones religiosas, que ha cambiado su postura frente a los otros cristianos.

Mientras antes más bien los rechazaba, ahora se encuentra dispuesta a acercarse al encuentro de los otros; mientras que, antes, su mira era la conversión de los demás, ahora procura llevada del movimiento ecuménico en que ella participa, a comprender a los otros; mientras que aspiraba hasta hoy a dar un testimonio separado, se esfuerza en la actualidad todo lo posible por llegar a un testimonio común… Cuando me refiero a la palabra “oficial”, quiere decir que abarca a toda la cristiandad, a toda la Iglesia. Así, pues, la modificación de la postura ha de influir hasta en el último miembro de todo el pueblo cristiano”.
“Esto encierra un triple aspecto:
El primero, es de carácter completamente general, una nueva postura del Concilio respecto de todos los que viven fuera del seno de la Iglesia Católica; y esto es la voluntad del diálogo. Esto tiene un fundamento dogmático cuando se dice: “La tutela de Dios se extiende a todos los demás hombres, aunque no pertenezcan a la Iglesia Católica, aunque no sean siquiera cristianos.

Segundo, la existencia de otros grupos de cristianos que son otras formas de cristianismo y aunque la Iglesia Católica dice: “La Iglesia de Jesucristo no tiene ahora que ser fundada por primera vez, yo soy la Iglesia de Jesucristo en toda su magnitud y totalidad”. Cierto. Pero concederá -y lo concede en el Concilio- que también hay una Iglesia de Jesucristo fuera de ella, razón por la cual la Iglesia Católica concede a las otras el título de honor de “Iglesias”, refiriéndose esta denominación a la Iglesia de Jesucristo. Son Iglesias de Jesucristo en cuanto tienen establecido el bautismo, en cuanto muestran también elementos de organización instituídos por Jesucristo. Así, pues, existe una comunidad eclesiástica entre la Iglesia Católica y las otras Iglesias Cristianas. Más aún: las diferencias se complementan en la comunidad. También esto es concedido por el Concilio al atribuir a estas otras Iglesias una importancia histórica en el aspecto de la salvación; es decir, pueden perfeccionar ciertos elementos cristianos mejor que nosotros en la Iglesia Católica.

El tercer aspecto sería dirigirnos hacia la molestia, hacia el escándalo que supone la multiplicidad de las Iglesias. No hay duda alguna de que Jesucristo no quería tantas Iglesias de Jesucristo, sino que puso todo su énfasis y dió el valor máximo a la unidad de la Iglesia. En el debate relacionado con el Ateísmo, se esgrimió el argumento: “Porque las Sagradas Escrituras dicen que los otros deben conocernos por nuestra unidad. Pero si no ofrecemos a los ojos del mundo la imagen de la unidad, sino de la escisión, este es el primero de los escándalos, lo que al menos, -visto bajo un aspecto- es la causa real, o una de las más fundamentales del ateísmo de nuestros días”.

Pero, ¿no hemos pensado jamás en que, como testimonio cristiano, podría llegarse al establecimiento de hospitales y hogares de la vejez católico-protestantes, protestantes, católicos comunes?”. Respecto de la Misa, “El Concilio ha devuelto a la Misa su naturaleza colectiva al distribuir sus funciones entre los asistentes y el celebrante que la preside. De este modo, los feligreses se incorporan más plenamente al Santo Sacrificio”. “La cuestión de la lengua a utilizar en los actos de culto se discutió, durante el Concilio. Sin renunciar básicamente al empleo de la lengua latina, los católicos occidentales han abierto las puertas a los diversos idiomas nativos. Pero falta encontrar la justa relación entre la lengua latina y las privativas de cada país.

Pero ante la imposibilidad de un perfecto entendimiento entre una Iglesia anigua y el hombre moderno de hoy, debe hablársele en un lenguaje que pueda comprender y que por él se permita dirigir sus alabanzas y ruegos al Señor respondiendo en su idioma vernáculo, el único que le permite expresar de forma más completa las intimidades de su alma”. En síntesis toda la liturgia católica se da en lengua vulgar y ya no en latín.