ENFERMEDAD: SU ORIGEN Y PROPOSITO

¿Cómo puede uno saber si la enfermedad que alguien está padeciendo es un castigo de Dios o de Satanás?

La enfermedad es una de las muchas consecuencias del pecado en la humanidad y siempre es enviada por Dios. La Biblia no presenta ningún caso donde alguna enfermedad haya sido enviada por Satanás. Normalmente se cita el caso de Job para demostrar que Satanás puede enviar enfermedad, pero veamos como fue el asunto.

Job 2: 6-7 dice: “Y Jehová dijo a Satanás: He aquí, él está en tu mano, mas guarda su vida. Entonces salió Satanás de la presencia de Jehová, e hirió a Job con una sarna maligna desde la planta del pié hasta la coronilla de la cabeza.”

Note que fue Jehová quien literalmente entregó a Job en la mano de Satanás, para que Satanás le hiera con aquella sarna maligna. Quien envió la enfermedad fue Jehová, Satanás actuó bajo el permiso de Dios para hacer enfermar a Job. Después de todo, aunque Satanás se crea muy poderoso, no es sino un mero instrumento en manos de Dios Todopoderoso. Lo mismo podemos ver en el caso de la enfermedad del apóstol pablo.

2 Co 12: 7-9 dice: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.”

Aquí tenemos a Dios tratando con pablo. para evitar que la grandeza de las revelaciones exalte a pablo desmedidamente, Dios le envió un aguijón en su carne. Esto es una alusión a algún tipo de enfermedad. pablo lo define como un mensajero de Satanás que le abofetea. De esa manera, pablo estaba forzado a mantenerse humilde. Que la enfermedad no provenía de Satanás es claro cuando pablo dice que ha rogado tres veces al Señor que lo quite de él. pablo sabía que la enfermedad fue enviada por Dios y por eso pide a Dios y no a Satanás, que se la quite. De modo que toda enfermedad es enviada por Dios, no por Satanás. Satanás, actúa en algunos casos, bajo permiso de Dios para traer enfermedad a una persona. Mire como confirma este asunto la palabra de Dios.

Deuteronomio 28: 59-61 dice: “Entonces Jehová aumentará maravillosamente tus plagas y las plagas de tu descendencia, plagas grandes y permanentes, y enfermedades malignas y duraderas; y traerá sobre ti todos los males de Egipto, delante de los cuales temiste, y no te dejarán. Asimismo toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta ley, Jehová la enviará sobre ti, hasta que seas destruido.”

Hablando de terribles enfermedades, la Biblia dice: “Jehová la enviará sobre ti.” Dicho esto, ahora nos corresponde dilucidar el asunto de la relación entre el pecado y la enfermedad. Ya hemos señalado que en términos generales la enfermedad es una de las muchas consecuencias del pecado. Uno de los muchos pasajes bíblicos que muestran esto se encuentra en Sal 32:3-4.

Sal 32:3-4 dice: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedales de verano.”

David había cometido un grave pecado. Había cometido adulterio y en el intento de cubrir su pecado prácticamente hizo matar al esposo de la mujer con quien cometió el pecado. No se sabe exactamente cuánto tiempo ocultó este pecado. pero mientras lo tenía oculto, notó que su espíritu, su alma y su cuerpo estaban sufriendo la consecuencia del pecado. En lo que se refiere al cuerpo, David dice que envejecieron sus huesos. Dice también que se sentía como una planta agonizante por el intenso calor del verano. David estaba enfermo. La enfermedad fue la forma de disciplina de Dios para David, a causa de su pecado. Así que, definitivamente en algunas ocasiones Dios disciplina con enfermedad el pecado de uno de sus hijos. pero no siempre la enfermedad es a causa del pecado. El caso de Job es un excelente ejemplo en el cual la enfermedad fue una prueba y no una consecuencia de pecado.

Job 1:1 dice: “Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.”

Este es el testimonio de Dios sobre un hombre llamado Job. Dios no puede mentir. Dios no puede exagerar y Dios dice que Job era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. ¡Quisiéramos que Dios se expresara así sobre nosotros! Sin embargo, el resto del relato muestra que por permiso de Dios, Job fue herido por Satanás con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza. Job no había pecado como para decir que esta enfermedad fue consecuencia de pecado. Job sufrió enfermedad para que de esa manera pueda conocer a Dios de una forma como nunca antes le había conocido. Al punto que Job mismo dio testimonio de ello.

Job 42:5 dice: “De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven.”

Antes de ser probado con esta enfermedad y con todo lo demás que le sobrevino, Job conocía a Dios de oídas, de lejos, superficialmente, tibiamente, pero después de ser probado, Job llegó a conocer tanto a Dios que parecía que le estaba viendo. La enfermedad en este caso fue para que Job se eleve espiritualmente, para que Job aprenda cosas que de otra manera jamás hubiera podido aprender. A veces, Dios puede enviar enfermedad a una persona no como disciplina por haber cometido pecado sino simplemente para ayudar a la persona a elevarse a planos superiores de experiencia espiritual. Cuando todo marcha bien a nuestro alrededor, cuando todos rebosamos de salud, tenemos la tendencia a olvidarnos de Dios. pero cuando Dios toca nuestro cuerpo con enfermedad, cómo nos acercamos a Dios, cómo le rogamos que nos sane, cómo le buscamos para que nos traiga alivio. La enfermedad bien puede ser usada por Dios para acercarnos más a él. pero en ocasiones la enfermedad no es ni consecuencia de pecado, ni una prueba para acercarnos más a Dios. La enfermedad simplemente puede ser para dar una oportunidad a Dios para mostrar su poder, de modo que Dios sea glorificado en ello. Eso fue lo que sucedió con Lázaro. Cuando Jesús supo que Lázaro estaba enfermo de muerte, dijo a sus discípulos las siguientes palabras.

San Juan 11:4 dice: “Oyéndole Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.”

Lázaro no estaba enfermo de muerte por haber pecado o como prueba para ser mejor espiritualmente, sino para que Dios manifieste su poder en esa enfermedad y así Jesús su Hijo sea glorificado. Interesante lo que sucedió después. Jesús, a propósito se quedó dos días más allí en el lugar donde estaba. Entre tanto, Lázaro murió y fue sepultado. Cuando Jesús finalmente llegó a donde habían sepultado a Lázaro, habían transcurrido cuatro días desde que murió. Su cadáver estaba hediendo. pero a pesar de eso, Jesús dio la orden y Lázaro salió del sepulcro. La enfermedad que condujo a Lázaro a la muerte fue para dar la oportunidad a Dios para glorificar a su Hijo Jesucristo. A veces nuestras enfermedades pueden ser para eso. Cuando Dios hace el milagro de sanidad, el nombre de Dios es glorificado. La enfermedad puede ser entonces por tres motivos: Consecuencia de pecado, prueba para acercarnos más a él o simplemente una oportunidad para que Dios muestre su poder de sanidad y así su nombre sea glorificado.

La gran pregunta es: ¿Cómo saber el motivo para cada enfermedad ya sea en nosotros mismo o en otros? Hasta cierto punto es sencillo discernir si nuestra propia enfermedad es consecuencia de pecado. Es cuestión de simplemente auto-examinarnos y si reconocemos que hay pecado, y estamos enfermos, es muy probable que esa enfermedad sea a causa de nuestro pecado. Lo que no podemos hacer es juzgar a otros y decir: Allí lo tiene, está enfermo, seguramente debe tener algún pecado oculto. Ese fue el error de “los amigos” de Job. Si no hay pecado entonces la enfermedad debe ser una prueba o una oportunidad para que se manifieste el poder de Dios. Una de las dos.

Origen del movimiento ecuménico y su trayectoria. Parte II


En 1910, se reunió en Edimburgo, Escocia, una Conferencia Mundial de las Sociedades Misioneras Protestantes; en el transcurso de una de las sesiones, el delegado de una Iglesia del Lejano Oriente, pidió la palabra para decir: “Desde vuestros países (europeos) nos enviastéis misioneros que nos han dado a conocer a Cristo; por ello os estamos agradecidos. Pero al mismo tiempo, nos habeis traído también vuestras distinciones y vuestras divisiones; los unos nos predicais una cosa y los otros, otra.

Os suplicamos que nos prediqueis el Evangelio, y que permitaís que Jesucristo mismo, mediante la acción de su Espíritu Santo, sea quien levante en nuestros pueblos la Igleisa que concuerde con sus exigencias, y que concuerde al mismo tiempo con el carácter de nuestra raza: será así la Iglesia de Cristo en el Japón, la Iglesia de Cristo en China, la Iglesia de Cristo en la India, librada de todos los ismos que vosotros mezclais con la predicación del Evangelio entre nosotros”.

Las palabras de este párrafo se hallan a la misma base del movimiento ecuménico que comenzó a desarrollarse entre los protestantes, incluyendo dentro del concepto a los Anglicanos y a todas las iglesias derivadas de la Reforma del siglo XVI. A partir de esta reunión, se comenzó a trabajar en esa dirección y hubo de transcurrir largos treinta y ocho años para que después de haber creado otras organizaciones con la misma finalidad, en 1948, entre el 24 de Agosto y el 4 de Septiembre y con la asistencia y representación de CIENTO CUARENTA Y SEIS DENOMINACIONES e Iglesias Ortodoxas, se constituyó el Concilio Mundial de Iglesias en una reunión que hasta entonces no tenía precedente, en la ciudad de Amsterdan, ciudad de Holanda. Todo el esfuerzo del Concilio Mundial se enderezó a lograr un estrecho acercamiento con la Iglesia Católica, Apostólica, Romana y éste pudo lograrse con la apertura que el Papa Juan XXIII propició con la celebración del II Concilio Vaticano.