La Muerte I


En el sentido corriente: cesación de la vida. No entraba en la voluntad de Dios, que ha creado al hombre a su imagen, y que lo ha hecho «alma viviente». En el paraíso, el árbol de la vida le hubiera permitido vivir eternamente (Gn. 1:27; 2:7; 3:22).

La muerte ha sido el salario de la desobediencia a la orden divina (Gn. 2:17; Ro. 5:12; 6:23).

La muerte es física, por cuanto nuestro cuerpo retorna al polvo (Gn. 3:19); también es, y sobre todo, espiritual. Desde su caída, Adán y Eva fueron echados de la presencia de Dios y privados de Su comunión (Gn. 3:22-24). Desde entonces, los pecadores se hallan «muertos en… delitos y pecados» (Ef. 2:1).

El hijo pródigo, alejado del hogar paterno, está espiritualmente muerto (Lc. 15:24). Ésta es la razón de que el pecador tiene necesidad de la regeneración del alma y de la resurrección del cuerpo. Jesús insiste en la necesidad que tiene todo hombre de nacer otra vez (Jn. 3:3-8); explica Él que el paso de la muerte espiritual a la vida eterna se opera por acción del Espíritu Santo y se recibe por la fe (Jn. 5:24; 6:63). Esta resurrección de nuestro ser interior es producida por el milagro del bautismo del Espíritu (Col. 2:12-13). El que consiente en perder su vida y resucitar con Cristo es plenamente vivo con Él (Ro. 6:4, 8, 13).

(a) Tras la muerte física:

(A) Para el impío es cosa horrenda caer en manos del Dios vivo (He. 10:31) y comparecer ante el juicio (He. 9:27) sin preparación alguna (Lc. 12:16-21). El pecador puede parecer impune durante mucho tiempo (Sal. 73:3-20), pero su suerte final muestra que «el Señor se reirá de él porque ve que viene su día» (Sal. 37:13). El que no haya aceptado el perdón de Dios morirá en sus pecados (cfr. Jn. 8:24). Jesús enseña, en la historia del rico malvado que, desde el mismo instante de la muerte, el impío se halla en un lugar de tormentos, en plena posesión de su consciencia y de su memoria, separado por un infranqueable abismo del lugar de la ventura eterna, imposibilitado de toda ayuda, y tenido por totalmente responsable por las advertencias de las Escrituras y/o de la Revelación natural y del testimonio de su propia conciencia (Lc. 16:19-31; Ro. 1:18-21 ss).

(B) Para el creyente no existe la muerte espiritual (la separación de Dios). Ha recibido la vida eterna, habiendo pasado, por la fe, de la muerte a la vida (Jn. 5:24). Jesús afirmó: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá eternamente» (Jn. 11:25-26; cfr. Jn. 8:51; 10:28). Desde el mismo instante de su muerte, el mendigo Lázaro fue llevado por ángeles al seno de Abraham (Lc. 16:22, 25). Pablo podría decir: «Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia». Para él partir para estar con Cristo es mucho mejor (Fil. 1:21-23).

Es por esta razón que «más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2 Co. 5:2-9). No se puede imaginar una victoria más completa sobre la muerte, en espera de la gloriosa resurrección del cuerpo. Así, el Espíritu puede afirmar solemnemente: «Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor» (Ap. 14:13).

(b) La muerte segunda.

En contraste con la gozosa certeza del creyente, recapitulada anteriormente, se halla una expectación de juicio, y de hervor de fuego, que ha de devorar a los adversarios. La acción de la conciencia natural infunde miedo y angustiosa incertidumbre en el inconverso. Shakespeare lo expresó magistralmente en su soliloquio de Hamlet, en el que éste considera la posibilidad del suicidio; «Morir: dormir; no más; y con el sueño, decir que damos fin a los agobios e infortunios, a los miles de contrariedades naturales a las que es heredera la carne, éste es un fin a desear con ansia. Morir: dormir; dormir: quizá soñar; ¡Ah, ahí está el punto dificultoso!; porque en este sueño de la muerte ¿qué sueños pueden venir cuando nos hayamos despojado de esta mortal vestidura?

Ello debe refrenarnos: ahí está el respeto que hace sobrellevar la calamidad de una tal vida, pues ¿quién soportaría los azotes y escarnios del tiempo, los males del opresor, la altanería de los soberbios, el dolor por el amor menospreciado, la lentitud de la justicia, la insolencia de los potentados, y el desdén que provoca el paciente mérito de los humildes, cuando él mismo puede, con desnuda daga, el descanso alcanzar? ¿Quién llevaría pesados fardos, gimiendo y sudando bajo una fatigosa vida, sino por el hecho del temor de algo tras la muerte, el país inexplorado de cuyos muelles ningún viajero retorna, y que nos hace preferir aquellos males que ahora tenemos, que volar a otros de los que nada sabemos? Así, la conciencia a todos nos vuelve cobardes, y así el inicio de una resolución queda detenido por el pálido manto de la reflexión» (Acto III, Escena 1).

Así, la «horrenda expectación de juicio, y el hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios» (He. 10:27) se refiere a la muerte segunda, aquella que espera a los no arrepentidos tras el juicio final. Esta segunda muerte es en las Escrituras un sinónimo de infierno. Dos veces se declara en Apocalipsis que el lago de fuego es la muerte segunda (Ap. 20:14; 21:8).

En este lago de fuego los impenitentes, vueltos a levantar a la vida en sus cuerpos, pero sin admisión a la gloria, serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos (Ap. 14:10-11; 20:10). Es por ello que se trata de «sufrir daño de la segunda muerte» (Ap. 2:11). Queda en pie el hecho de la gracia del Señor, que no desea la muerte del pecador, sino su salvación. Así, la Escritura insiste en numerosas ocasiones: «No quiero la muerte del que muere… convertíos, pues, y viviréis» (Éx. 18:23, 31-32).

Originally posted 2011-10-03 21:55:39. Republished by Blog Post Promoter

MUERTE DEL CREYENTE

¿A dónde va el alma de una persona cuando muere, si esta persona tenía a Cristo en su corazón?.

Una persona con Cristo en el corazón pertenece a Cristo. por tanto cuando una persona así, sale de este mundo, en lo que llamamos la muerte física, va inmediatamente a la presencia de Dios en el cielo, para encontrarse con Cristo a quien pertenece.

El cuerpo de esta persona se queda en la tierra, en el lugar donde haya sido sepultado, esperando el momento de lo que el Nuevo Testamento llama la primera resurrección.

Es por esto que el apóstol pablo habla en el Nuevo Testamento que la familia de Dios está en los cielos y en la tierra. Los miembros de la familia de Dios que están en los cielos son aquellos que siendo creyentes han muerto.

Los miembros de la familia de Dios que están en la tierra son aquellos que siendo creyentes todavía están en la tierra porque están vivos. De manera que las almas de los creyentes que han partido de este mundo están en el cielo, la morada celestial de todos aquellos que confiamos en Cristo como nuestro único y personal Salvador.

LA MUERTE VICARIA DE CRISTO.


Cristo tenía necesariamente que morir; para eso vino al mundo, para morir, “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero;… Is. 53.7”. ¿Pero solamente tuvo necesariamente que morir?. Nuestra muerte es la paga del pecado; “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro, Ro. 6.23″; pero mi muerte a nadie beneficia; y en cuanto a la paga de Tu pecado, ni yo ni nadie puede pagar por ti. En el Salmo 49.7:8, leemos: ” Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate. (Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás)”.
Solamente la muerte vicaria de Cristo es la propuesta por Dios para mi rescate, mi redención y para adquirir, por la fe en su muerte, la vida eterna, “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados “, 1a Pedro 2.24. La Biblia entera registra esta verdad como algo indispensable para la redención de la humanidad.

Veamos algunos pasajes:
“Mas él, herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz sobre él y por su llaga fuimos nosotros curados”.
“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”.
“Con todo eso Jehová quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento, cuando hubiere puesto su vida en expiación por el pecado….” (Isaías 53.5:6,10).
“Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos… y por todos murió…” (2a Co. 5.14,15).
“…habiendo efectuado la purificación a nuestros pecados por medio de sí mismo…” (He. 1.3).

Estos preciosos textos y otros muchos que podríamos citar, con la misma idea, tienen su realización en los cuatro evangelios; los cuatro evangelistas consignan la muerte expiatoria y vicaria de Cristo nuestro Salvador.
Esta muerte vicaria y espectacular fue preordenada por Dios desde la eternidad. No fue propuesta por el primer hombre pecador, o por algún otro ser humano; ni fue propuesta por alguna jerarquía eclesiástica. Recordemos la expresión de Pedro:
“A este (Jesús) entregado por el determinado consejo y providencia de Dios, prendisteis y matasteis por mano de los inicuos, CRUCIFICANDOLE” (Hechos 2.23).
Esta muerte tendria su altar expiatorio en una cruz de madera en el monte calvario en Jerusalén. No en el altar de algún templo, ni en Roma o en alguna otra ciudad. Era necesario que fuése en Jerusalén, la ciudad de Dios, por la que Cristo lloró…..

Pero de todos los escritos, el más patético, en cuanto a demostrar la muerte vicaria de Cristo, es el que relata cada uno de los cuatro evangelios; el expediente eterno: VIDA POR VIDA.
Cristo murió en el lugar de Barrabás; y Barrabás, puedo ser yo; Barrabás puede ser el que predica el evangelio, o el que lo oye; puede ser el rey, y puede ser el esclavo. Barrabás es el pecador que vive en el mundo… “Por cuanto todos pecaron …. Y por todos murió”.
¿Quién era Barrabás? Nadie hubiera sabido de su existencia a no ser por la muerte vicaria del Señor Jesucristo.
Tantos reos en prisión para ser ajusticiados que jamás supimos y tantos más que jamás sabremos; pero Barrabás es conocido en todo el mundo y ha sido conocido desde entonces a través de los siglos.
Podemos leer los relatos que de Barrabás hace el Nuevo Testamento en: Sn Mt. 27.16:26, Sn Mr. 15.7, Sn Lc. 23.17:25, Sn Jn. 18.39,40, Sn Jn. 19.14, Hch. 3.14.
Estos pasajes nos describen, no su fisonomía, ni su edad, ni su ambiente social. El evangelio simplemente nos introduce a su presidio… Este preso era famoso (Sn Mt. 27.16); seguramente había tenido muchas entradas al presidio o habría sido perseguido por muchos años al través de incontables fechorías, sin conseguir hecharle mano, pero hubo ocasión para darse a conocer, rebosando al máximo su fama… salteador, sedicioso, ladrón y homicida…
Sobre este fondo tan negro y tenebroso del pecador, se proyecta Cristo con su luz admirable. El evangelio de juan nos presenta el contraste en los labios y la enseñanza de Jesús ” El ladrón no viene sino para hurtar, y matar, y destruir: yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.

Ahora bien, se había hecho un juicio condenatorio ya, contra Barrabás, inapelable; por lo tanto era Barrabás el destinado a morir en la cruz, para ser contado con otros dos inicuos.
Esa misma noche, y conforme al tiempo de las profecías, el señor Jesús fue aprehendido a traición: le acusaron calumniando sus palabras, negando su obra redentora; y le llevaron atado, como malhechor, frente a Pilato. Este, a su vez, lo entregó a los verdugos para ser azotado… y en cuanto a su juicio, tampoco tuvo apelación, Tenía que morir.
Era costumbre soltar a un preso en ese día de Pascua. Recordemos el evangelio. “Mas los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, persuadieron al pueblo que pidiese a Barrabás. Y el presidente les dijo: ¿cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron a Barrabás”.
No vamos a meditar en el bien que de Jesús recibieron esos traidores; ni del mal que de barrabás alcanzaron; pero era un hecho que Barrabás era un peligro para la sociedad; para la seguridad y tranquilidad de las familias, de cada persona en general.
Y barrabás, sin méritos de confesión y arrepentimiento; sin quién abogase su causa: sin ser digno del indulto, fue escapado de la maldición de la cruz que pesaba sobre él. Barrabás quedó salvo de tal condenación, ¡quedó libre!. Ahora bien, Barrabás es un símbolo, el símbolo de cada pecador. Cristo fué su Salvador, porque así como murió en lugar de Barrabás, murió en lugar de cada pecador que le acepta como su redentor. “Por todos murió”. Barrabás es el tipo de pecador universal, “Como está escrito: no hay justo, ni aun uno…” (Rom. 3.10:22).
Reos de condenación: “muertos en pecados y delitos”, no somos mejores que Judas o Barrabás. Pero sí seremos peores si, conociendo este evangelio del amor de Dios, lo rechazamos o lo callamos. En la muerte vicaria de Cristo está incluído todo aquel que viene a este mundo y le acepta.

Si todos nosotros, como pecadores que somos nos sentimos responsables por la muerte vicaria de Cristo, y como el carcelero de Filipos nos hacemos la pregunta ¿QUE HARE PARA SER SALVO?, la respuesta la encontramos en Hechos 16.31, “Y ellos dijeron: CREE EN EL SEÑOR JESUCRISTO, Y SERAS SALVO TU, Y TU CASA”. Amén.

A DÓNDE VAN LAS ALMAS DE LOS INCRÉDULOS INMEDIATAMENTE DESPUÉS DE SU MUERTE


La palabra de Dios nos ha dejado una historia real que responde justamente su consulta. Es la historia del rico y Lázaro que fue relatada por Jesús y se encuentra en Lucas 16: 19-31 que dice: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no venga ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. El entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.”

Dejemos a propósito a un lado a Lázaro, porque por ahora nos interesa lo que sucedió con el rico, quien dedicó su vida a acumular riqueza y descuidó totalmente su estado espiritual. En algún momento murió. Sus deudos lo sepultaron. El sepulcro fue el lugar donde se puso su cuerpo.

Pero qué pasó con su alma. El texto leído dice que fue a un lugar que la Biblia llama Hades, que básicamente significa el mundo invisible. Pero en este lugar, el rico no estaba inconsciente, o dormido, sino plenamente consciente, plenamente despierto. Por eso dice el texto leído que se dio cuenta que estaba en tormentos.

En estas condiciones, alzó sus ojos y el tormento se hizo más grande cuando vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro en su seno. Ahora el rico sabía lo que se había perdido por no arreglar sus cuentas con Dios mientras estuvo en vida. Al mirar su precaria situación, se puso a gritar a todo pulmón: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.

Note que el Hades, el lugar donde van las almas de los incrédulos inmediatamente después de morir es un lugar de tormento en fuego. Nuevamente se ve que es un lugar donde sus ocupantes están plenamente conscientes no solo de su propia situación sino de la situación que están aquellos que recibieron el perdón de pecados por parte de Dios.

En su respuesta Abraham se limitó a explicar que fue la propia decisión del rico lo que le condujo al lugar donde se encontraba ahora. Claro, el rico vivió para la riqueza y no tuvo tiempo para pensar en que estaba perdido espiritualmente hablando. Además Abraham informó al rico que no hay manera de que alguien pueda salir de ese lugar de tormento llamado Hades.

Y finalmente Abraham explicó al rico que no existe manera de que un muerto pueda comunicarse con el mundo de los vivos. Ojo con los espiritistas. Cuando un espiritista dice que puede hacer oír la voz de alguien que ha muerto, está mintiendo. Se oirán voces, me imagino, pero no serán voces de muertos sino voces de demonios que están listos para engañar a los que practican el espiritismo.

En resumen, cuando un incrédulo muere, su cuerpo va al sepulcro pero su alma va a un lugar de tormento, llamado Hades. Allí permanecerá hasta el Juicio del gran trono blanco, cuando será lanzado al lago de fuego.