Origen del movimiento ecuménico y su trayectoria. Parte II


En 1910, se reunió en Edimburgo, Escocia, una Conferencia Mundial de las Sociedades Misioneras Protestantes; en el transcurso de una de las sesiones, el delegado de una Iglesia del Lejano Oriente, pidió la palabra para decir: “Desde vuestros países (europeos) nos enviastéis misioneros que nos han dado a conocer a Cristo; por ello os estamos agradecidos. Pero al mismo tiempo, nos habeis traído también vuestras distinciones y vuestras divisiones; los unos nos predicais una cosa y los otros, otra.

Os suplicamos que nos prediqueis el Evangelio, y que permitaís que Jesucristo mismo, mediante la acción de su Espíritu Santo, sea quien levante en nuestros pueblos la Igleisa que concuerde con sus exigencias, y que concuerde al mismo tiempo con el carácter de nuestra raza: será así la Iglesia de Cristo en el Japón, la Iglesia de Cristo en China, la Iglesia de Cristo en la India, librada de todos los ismos que vosotros mezclais con la predicación del Evangelio entre nosotros”.

Las palabras de este párrafo se hallan a la misma base del movimiento ecuménico que comenzó a desarrollarse entre los protestantes, incluyendo dentro del concepto a los Anglicanos y a todas las iglesias derivadas de la Reforma del siglo XVI. A partir de esta reunión, se comenzó a trabajar en esa dirección y hubo de transcurrir largos treinta y ocho años para que después de haber creado otras organizaciones con la misma finalidad, en 1948, entre el 24 de Agosto y el 4 de Septiembre y con la asistencia y representación de CIENTO CUARENTA Y SEIS DENOMINACIONES e Iglesias Ortodoxas, se constituyó el Concilio Mundial de Iglesias en una reunión que hasta entonces no tenía precedente, en la ciudad de Amsterdan, ciudad de Holanda. Todo el esfuerzo del Concilio Mundial se enderezó a lograr un estrecho acercamiento con la Iglesia Católica, Apostólica, Romana y éste pudo lograrse con la apertura que el Papa Juan XXIII propició con la celebración del II Concilio Vaticano.