INTERNAMENTE CIEGOS


No poder ver es una limitación que le puede suceder a cualquier persona en cualquier etapa de su vida. Algunas personas nacen ciegas y otras adquieren esta condición en momentos posteriores. Esta situación lleva a la persona ciega y a su familia a ver la vida en una forma distinta.

Quienes nacen con una privación visual no tienen un patrón de comparación y esto les hace aceptar su situación de una manera particular. Sus familias, en cambio, se frustran al comparar lo que es la vida sin la preciada capacidad de la visión. Por otro lado, quienes pierden la vista en momentos posteriores viven una mayor frustración. En todo caso la persona invidente y su familia experimentan un proceso de mutua adaptación y crecimiento.

En la actualidad, un gran porcentaje de la población ciega vive con sus propias familias y otros residen en una institución especializada.

Anteriormente, en América Latina, por lo general se mantenía a la persona invidente escondida en casa porque era considerada como algo no digno de “dejar ver”. Esta actitud, enmarcada en la vergüenza y culpabilidad, se enraizó en muchas familias por un desconocimiento de las razones médicas que llevaban a tener un hijo o familiar ciego. Por ejemplo, algunas familias consideraban que haber concebido una criatura que no podía ver era muestra de un castigo divino. De manera similar se interpretaba el hecho de que un familiar, por accidente o enfermedad, sufriera como resultado una privación visual. De esta manera, se mantenía escondido al hijo o familiar ciego, limitándolo a una vida domestica de reclusión.

Antes, también se abandonaba a las personas invidentes en algún asilo o, peor aún, en las calles. Esta era una de las soluciones más dolorosas y crueles, que las familias con limitaciones económicas, estaban forzadas a realizar.

La persona ciega experimenta junto a su familia tres etapas críticas y sumamente difíciles. En un primer momento el no vidente sufre la etapa de la marginación, luego la etapa de la sobreprotección y, finalmente, la etapa de la aceptación y valorización de parte de sus seres queridos. Sin embargo, estas etapas ocurren en medio de una serie de emociones.

En un primer momento se expresan frases de rechazo y negación, cuando la familia se entera del evento. “No puede ser que mi hijo haya nacido ciego”, decía una madre. Un esposo a su vez, manifestaba: “No puedo creer que este accidente automovilístico haya dejado a mi esposa ciega”.

En un segundo momento, la familia y el invidente experimentan un periodo de adaptación donde se dan momentos de ira, enojo, depresión, angustias y muchas otras emociones, en forma alternada. Las clásicas preguntas como: ¿Por qué nos tuvo que pasar esto a nosotros?”

La ira contra Dios, contra uno mismo y contra la sociedad, se hacen presentes muchas veces. También se manifiestan momentos de depresión y desesperanza por no saber exactamente qué se debe hacer en esas circunstancias. Por momentos la familia reacciona ignorando a la persona ciega, y en otras actúa sobreprotegiéndola, anulando sus otras capacidades que puede ponerlas en practica.

De acuerdo a las estadísticas realizadas en 1994 por la Organización Mundial de la Salud, se calcula que existen 38 millones de personas ciegas en el mundo, y 110 millones con visión distorsionada o pobre. De acuerdo a la organización Compass Braille, al menos una cuarta parte de la población mundial no vidente se encuentra en la India. Sabemos también que el 50% de la población invidente en la actualidad, son niños; y que el 90% de los ciegos viven en países subdesarrollados. Aunque no hay cifras disponibles, casi todas estas personas están excluidas de una participación completa en su comunidad.

¡Que duro es pensar en las grandes limitaciones que deben afrontar a diario estas 38 millones de personas invidentes en el mundo! Sobre todo si la mitad de ellos son actualmente niños. ¡Me imagino el dolor, la angustia y el desconsuelo de millones de padres, madres y cónyuges! Es que la vista es uno de los más importantes órganos de los sentidos, sin desestimar a los otros: como el oído, olfato, gusto y tacto.

La Biblia nos habla acerca de una ceguera mucho más triste y grave, la ceguera del corazón… la ceguera del alma. En un sentido espiritual, todos los seres humanos venimos a este mundo siendo ciegos espirituales. Sin importar el país, la cultura, la raza, el apellido o la posición social de nuestra familia, todos nacemos trayendo como herencia el pecado en nuestro corazón.

Las primeras palabras que pronuncian los niños son: ¡No! y ¡Mío!, dejando entrever una tendencia natural soberbia y egoísta. De esta forma nuestra ceguera espiritual nos impide relacionarnos con nuestro creador. En este mundo, la ceguera espiritual supera ampliamente en número a los que padecen de una ceguera física. Escuche lo que Jesús dijo al respecto en Mateo 7:13 “Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella…”

La ceguera espiritual solo puede ser curada por Aquel que es la luz de este mundo. Jesús dijo en Juan 8:12 “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”

La solución definitiva a la ceguera del alma, producto de nuestros múltiples pecados, es acudir a Jesús. La razón por la cual Jesús vino a este mundo fue para solucionar el problema del pecado de la humanidad. Por ello Jesús cargó nuestros pecados en la cruz. Isaías 53:5-6 nos relata algunas escenas de la cruz: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; más Dios cargó en Jesús el pecado de todos nosotros.”

Querido amigo a amiga, quizás te encuentres todavía en las tinieblas de una ceguera espiritual profunda. Sientes que tu vida está metida dentro en un túnel oscuro y sin salida.
Quizás el alcohol ha oscurecido tu vida y has hecho múltiples intentos por abandonar la bebida pero sin resultados.
A lo mejor ese túnel oscuro tenga el nombre de “Drogas y estupefacientes”. Has perdido tu familia y tus amigos. La desesperación y la ansiedad te consumen porque ya no puedes vivir sin consumir drogas.
Quizás tu oscuro túnel se llame “Ambición y Poder.” Tu vida está repleta de cosas cuestionables, injusticias, mentiras, corrupción, compra de influencias, abuso de poder. Quizás ya no soportas más tanta oscuridad y tinieblas en tu corazón. A lo mejor todo intento para abandonar esa clase de vida haya sido en vano. Con el tiempo has llegado a pensar que es imposible salir del túnel oscuro llamado “Ambición y Poder.”

Quizás el tenebroso túnel en que te encuentras se llame “Inmoralidad sexual.” Una vida repleta de adulterios, pornografía, violencia sexual o prostitución.
A lo mejor tu vida se encuentre sumergida en el túnel de la delincuencia. Asesinatos, robos, estafas o violencia en las pandillas.

¿Sientes que tu corazón sigue vacío y oscuro? Querido amigo o amiga, ven a Jesús… El te está esperando con los brazos abiertos. Jesús es la luz del mundo, Él puede transformar un corazón oscuro y en tinieblas en un corazón limpio y lleno de luz.

San Juan 1:5 dice: “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.”

No esperes mas… abre la puerta de tu corazón a Jesús en este preciso momento. Habla con Dios, eleva una oración desde lo profundo de tu corazón. Dile en oración:

“Jesús reconozco que soy un pecador… mi corazón está en tinieblas y no puedo encontrar la luz… Jesús limpia mis pecados… trae luz a mi vida… entra en mi corazón… Gracias Jesús por oír mi oración…”

Te animo a que nos escribas dándonos a conocer tu deseo de recibir a Jesús. Deseamos ayudarte con consejos prácticos y útiles para tu vida y a la vez enviarte literatura cristiana gratuita para fortalecer tu vida espiritual.

Que Dios te bendiga…