MANASES Y SU HIJO JOSIAS

¿Por qué Dios permitió en la época de los reyes de Israel, que algunos de ellos, caso de Manasés, hijo de Ezequías, viviese tanto tiempo, creo que cerca de 20 años, durante los cuales llevó a Israel a la idolatría y a la rebeldía contra Dios, causándole tanta ira, que aun cuando Josías encuentra el libro de la ley y rectifica su caminar, Dios le dice que aun se encuentra airado por todas las desviaciones de Manasés? Bien pudo Dios disminuir sus días como lo hizo con su padre Ezequías.

Bueno, en relación a su inquietud, debemos señalar, que efectivamente Manasés fue el peor de los reyes de Judá y también fue el que más tiempo reinó sobre Judá.

La Biblia relata que entre las muchas maldades que cometió Manasés, están por ejemplo el edificar lugares de adoración para ídolos paganos, el dedicarse a la astrología, el consultar el horóscopo, el sacrificar a su propio hijo en adoración a algún ídolo pagano, el consultar a los brujos y adivinos, el llevar la imagen de un ídolo pagano al mismísimo templo de Jerusalén, etc.

La tradición judía afirma que fue Manasés quien ordenó que aserraran al profeta Isaías. Manases comenzó su reinado a los doce años, y reinó sobre Judá nada más y nada menos que cincuenta y cinco años, aunque los diez primeros años gobernó conjuntamente con su padre Ezequías.

Fue un nieto de Manasés, quien se llamó Josías, el que introdujo muchas reformas morales y espirituales en Judá, pero aún esto no fue suficiente para aplacar la ira de Dios en contra de Judá.

La pregunta es: ¿Por qué Dios permitió que un gobernante tan malvado como Manasés gobierne por tanto tiempo, sabiendo que bajo su gobierno la fibra moral y espiritual de la nación se estaba corrompiendo tanto?

Es difícil encontrar una respuesta fácil a su inquietud. Todo cae dentro de los planes soberanos de Dios para su pueblo, conforme a su propósito divino para la humanidad. Es lo mismo que si dijéramos: ¿Por qué Dios creó al ángel que llegó a ser Satanás, sabiendo que algún día iba a rebelarse contra él e iba a ser arrojado del cielo y sabiendo que iba a ser un elemento importante en la entrada del pecado en el mundo?

Yo no tengo una respuesta para esto. Solo Dios sabe por qué y para qué lo hizo. En todo caso, la maldad de Judá llegó a su clímax bajo el gobierno de Manasés y eso provocó el castigo de Dios a la nación de Judá.

2ª Reyes 24:1-4 dice: “En su tiempo subió en campaña Nabucodonosor rey de Babilonia. Joacim vino a ser su siervo por tres años, pero luego volvió y se rebeló contra él. Pero Jehová envió contra Joacim tropas de caldeos, tropas de sirios, tropas de moabitas y tropas de amonitas, los cuales envió contra Judá para que la destruyesen, conforme a la palabra de Jehová que había hablado por sus siervos los profetas. Ciertamente vino esto contra Judá por mandato de Jehová, para quitarla de su presencia, por los pecados de Manasés, y por todo lo que él hizo; asimismo por la sangre inocente que derramó, pues llenó a Jerusalén de sangre inocente; Jehová por tanto, no quiso perdonar.”

Este fue el desenlace final de Judá. Manasés fue la gota que hizo derramar el vaso de la ira de Dios contra la nación de Judá. Dios lo permitió conforme a sus soberanos designios.

EL HIJO DEL HOMBRE

En Mateo 16:13 Jesús se auto define como el Hijo del Hombre. Pero Salmo 146:3 dice que no se debe confiar en hijo de hombre. ¿Cómo puede ser esto?

Permítame explicarle cómo puede ser. Para eso demos lectura al pasaje que se encuentra en Mateo 16:13-16 donde dice: “Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

Interesante episodio. Jesús pregunta a los discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Hijo del Hombre es el título que más frecuentemente usó Jesús cuando hablaba de sí mismo.

Este título tiene sus raíces en la profecía de Daniel 7:13-14 cuando el Anciano de Días, Dios el Padre da al hijo de hombre dominio, gloria y reino que nunca pasará. El hijo de hombre no es otro sino el Mesías, el Cristo.

La gente tenía su propia opinión de Jesús. Unos decían: Es Juan el Bautista. Otros: Elías. Otros: Jeremías. Otros: alguno de los profetas. Pero nadie acertó en su opinión. Solamente uno, Pedro dijo lo que Jesús era en realidad: Tú res el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

De modo que. El Hijo del Hombre, con mayúscula, es el título del Cristo, del Mesías, del Dios hecho hombre, Jesucristo. No se refiere de ninguna manera a un hombre común y corriente.

Dicho esto, veamos ahora lo que nos dice Salmo 146:3 donde leemos: “No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación.”

El salmo 146 contrasta la perfección, poder y sabiduría de Dios con la imperfección, debilidad y necedad del hombre. Por eso es que el salmista exhorta a todos a confiar en Dios y a no confiar en el hombre. Ni siquiera en los hombres poderosos de la tierra vale la pena confiar.

Cuando el salmista habla de hijo de hombre, se está refiriendo a un ser humano, por más ilustre o poderoso que sea.

Jeremías 17:5 dice: “Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová.”

Es una necedad dejar de confiar en Jehová y comenzar a confiar en hombres aunque sean famosos o importantes. Esto es lo que dice este texto.

De modo que, cuando en Mateo 16:13 se habla del Hijo del Hombre, está en mayúsculas dando a entender que no se trata de un hombre común y corriente sino de Dios en forma humana, el Cristo, el Mesías. Debemos confiar en él.

En cambio cuando en Salmo 146:3 se habla de hijo de hombre, está en minúsculas, dando a entender que se trata de cualquier ser humano. No debemos confiar en él.

CAPÍTULO III “He Ahí tu Hijo …He Ahí tu Madre”

“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15:13). Nuestro Señor Jesús dijo eso, y al haber estado considerando las palabras que El pronunció desde la cruz, nos hemos dado cuenta de cuan grande es Su amor. No solamente murió por Sus amigos, que también murió por Sus enemigos. “Siendo [nosotros] aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8).

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y, María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn. 19:25-27).

Ese discípulo, por supuesto, era Juan. El fue quien escribió el Evangelio que leva su nombre, y dio testimonio de estas cosas.

Si usted y yo hubiéramos estado en Jerusalén aquella tarde de la pascua, cuando Jesús fue crucificado, me pregunto cuan cerca de la cruz hubiéramos estado. Una cosa es cantar: “Tenme cerca de tu cruz, Señor,” y otra muy distinta estar realmente cerca de la cruz. Los cuatro soldados romanos estaban allí, pero lo estaban porque ese era su deber. Las cuatro mujeres estaban allí, junto con el apóstol Juan, pero no porque tal era su deber. Estaban allí debido a su devoción; amaban al Señor Jesús. María, Su madre, estaba allí; María Magdalena estaba allí; Salomé (la hermana de Su madre) estaba allí; María, la mujer de Cleofas, estaba allí; y Juan estaba allí.

Usamos la frase “cerca de la cruz” muy a menudo. Se ha convertido en una de las frases de cajón evangélicas. Hemos orado: “Señor, mantenme cerca de tu cruz,” y hemos cantado que queremos estar cerca de la cruz. ¿Qué significa realmente estar cerca de la cruz de Cristo?

Obviamente, no estamos hablando acerca de geografía literal. La cruz ya no existe, y usted y yo no podemos ir a las afueras de la muralla de Jerusalén y ubicarnos cerca de la cruz. Estamos hablando de una posición espiritual; estamos hablando de una relación especial a Jesucristo.

Esta tercera palabra desde la cruz nos ayuda a entender lo que significa estar cerca de la cruz. Tal vez lo mejor que podemos hacer es sencillamente hablar con las personas que se encontraban allí.

Entrevistemos a María Magdalena, Salomé, las dos Marías y a Juan, y veamos lo que realmente significa estar cerca de la cruz de Cristo. ¿Qué significó la cruz para cada una de estas personas?

Un Lugar de Redención

Empecemos con María Magdalena. Es mencionada como última en la lista de Juan 19:25, pero yo quiero empezar con ella. Si usted se hubiera acercado a María Magdalena aquella tarde, y le hubiera preguntado: “María Magdalena: Tú te hallas cerca de la cruz. ¿Qué significa eso para ti?” pienso que ella le hubiera respondido: “La cruz para mi es un lugar de redención.”

María Magdalena había sido libertada por el Señor Jesucristo. Es desafortunado que algunos que estudian la Biblia, y algunos predicadores también, hayan confundido a la mujer de Lucas 7 con María Magdalena. Lucas 7:36-50 registra un evento en el cual nuestro Señor estaba cenando en casa de un fariseo. Una mujer se le acercó; era una mujer de detestable reputación. Ella rindió adoración al Señor Jesús, y le ungió con un perfume muy costoso. Mucha gente ha identificado a esta mujer con María Magdalena; pero esto no es verdad. No sabemos el nombre de aquella mujer.

María Magdalena es mencionada en Lucas 8:2 como una mujer de la cual Jesús había arrojado siete demonios. Lo mismo se registra en Marcos 16:9. María Magdalena no solamente estuvo al pie de la cruz, sino que también temprano en la mañana de la resurrección fue a la tumba de Cristo. María Magdalena había estado cautiva de Satanás. Personalmente no puedo concebir lo quesería estar poseído por un demonio; mucho menos lo que es estar dominado por siete. No sabemos lo que hacían que ella hiciera; pero ella estaba en terrible y horrible esclavitud. Ahora, antes de que hagamos un juicio sobre ella, recordemos que Efesios 2:1-3 señala claramente que cada persona que no es salva camina “conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia.” Las fuerzas demoníacas obran todavía en las vidas de los incrédulos hoy en día, y estas fuerzas demoníacas quisieran igualmente dominar las mentes y perturbar los corazones del pueblo de Dios. Satanás estaba obrando en la vida de María Magdalena, y entonces Jesús la libertó de aquellos poderes demoníacos. Siempre que pienso en liberación, pienso en Hechos 26:18. Dios le dijo estas palabras a Pablo, para indicarle lo que sería su ministerio del evangelio: “Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.” Cuando usted confía en el Señor Jesucristo, estos cambios maravillosos tienen lugar en su vida. Usted sale de las tinieblas a la luz; de la oscuridad mental, de las tinieblas morales y de la noche espiritual a la maravillosa luz del evangelio de Jesucristo. Usted pasa del poder de Satanás al poder de Dios. Dios empieza a controlar y a usar su vida. Usted pasa de la culpa al perdón, y de la pobreza a la riqueza como heredero de Dios por medio de la fe en Cristo. Esto es lo que Jesús hizo por María Magdalena.

Este milagro de redención es una cosa costosa. Cuando Jesús libertó a María Magdalena del poder del Maligno, le costó algo a El. Estando al pie de la cruz, María vio el precio que fue pagado.

Jesús tuvo que morir para que nosotros podamos ser redimidos. Para que yo pudiera pasar de las tinieblas a la luz, El tuvo que pasar de la luz a las tinieblas. Para que yo pudiera ser libertado de Satanás y pudiera venir a Dios, El tuvo que ser abandonado por Dios. Para que yo pudiera ser libertado de la culpa y perdonado, Jesús tuvo que ser hecho pecado por mí. Para hacerme rico a mí, El tuvo que convertirse en el más pobre de los pobres. No sorprende que María haya estado allí al pie de la cruz. No sorprende que ella haya estado allí cuando Jesús fue sepultado. No sorprende que ella estuvo en la tumba temprano en la mañana de la resurrección. María Magdalena había experimentado la redención. Al estar cerca de la cruz, María decía: “La cruz para mí es un lugar de redención.”

¿Es la cruz lugar de redención para usted? ¿Puede usted decir: “He confiado en Jesucristo, y El me ha hecho pasar de las tinieblas a la luz, del poder de Satanás al poder de Dios, de la culpa del pecado al perdón, de la pobreza a una herencia por medio de la fe en El”? Si esto no es verdad en su vida, entonces a usted le falta todo aquello por lo cual Jesús murió para dárselo. Pídale que le salve, y entonces usted puede tomar su lugar al pie de la cruz, un lugar de redención.

Un Lugar de Reprensión

La segunda persona con la cual quisiera hablar es Salomé. Salomé era una persona interesante. Era la madre de Santiago y Juan, la hermana de María, y la mujer de Zebedeo. La recordamos como la mujer que vino con sus dos hijos pidiendo tronos para ellos. El relato de tal incidente se encuentra en Mateo 20:20-28. Salomé, Santiago y Juan se acercaron a Jesús y le dijeron: “Queremos pedirte algo.” Jesús les preguntó: “¿Qué queréis?” (v. 21). Ellos le habían oído decir que los apóstoles iban a juzgar a las doce tribus de Israel, y que se iban a sentar en tronos; y querían asegurarse de tener buenos lugares. Así que dijeron a Jesús: “Quisiéramos tener nuestros tronos, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.” Jesús les dijo: “¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?” (v. 22). Con mucho desenfado contestaron: “¡Claro que podemos!” Jesús les dijo: “Así será; en verdad, así será.” Por supuesto, Santiago fue el primero de los apóstoles en dar su vida en el martirio. Juan fue el último de los apóstoles en morir, y atravesó gran persecución y sufrimiento antes de ser llamado al hogar celestial.

“Salomé, queremos preguntarte: ¿Qué clase de lugar es la cruz? Tú te encuentras cerca de la cruz. ¿Qué significa eso para ti?” Pienso que ella hubiera contestado: “La cruz para mí es un lugar de reprensión. Aquí me siento recibiendo una fuerte reprimenda, porque fui muy egoísta. Quería que mis dos hijos tuvieran los lugares de honor; quería que estuvieran a la derecha y a la izquierda del Señor Jesús. Ahora estoy aquí viéndole, no en un trono, sino en una cruz; y me siento avergonzada de mí mismo.”

En verdad, debía estar avergonzada de sí misma-tanto como deberíamos estarlo nosotros cuando oramos egoístamente. Su plegaria fue una oración egoísta; “Quiero algo para mis hijos. No importa lo que cueste. ¡Eso es lo que quiero!” Su oración brotaba del orgullo, no de la humildad.

¿Merecían tronos esos dos hombres? Los tronos no son repartidos al descuido; uno tiene que ganárselos. Salomé había olvidado el costo de la verdadera recompensa. No hay corona sin cruz; no se puede llevar la corona sin haber bebido el vaso. Incluso nuestro Señor Jesucristo mismo no retornó a Su trono sino por medio de la cruz.

La cruz fue para Salomé un lugar de reprensión. Cuánto necesitamos nosotros cantar: Cuando contemplo la portentosa cruz Sobre la cual de gloria el Príncipe murió, Mi ganancia más valiosa como pérdida se vé, y mi mal fundado orgullo se reduce a nada.

¡Que no ocurra, oh Dios, que me gloríe, Sino en la muerte de Cristo, mi Señor! Todas las cosas vanas que me seducen tanto Ante Su sangre, en humildad, las sacrifico.

Algunas veces las cosas más egoístas que hacemos son el resultado de una oración equivocada.

Ningún cristiano crece más allá que su vida de oración. Salomé no trajo sus oraciones a la cruz. Como consecuencia, sus oraciones eran egoístas, terrenales, de orgullo e ignorancia. No se dio cuenta del precio que iba a tener que pagar.

Dios contesta la oración, pero debemos asegurarnos de que podemos pagar el precio. Santiago de hecho pagó el precio-murió como un mártir.

Juan de hecho pagó el precio-tuvo que sufrir y fue perseguido. Salomé miró a la cruz como un lugar de reprensión; y yo confieso también que muchas veces, al contemplar la cruz, he sido reprendido; por cuanto mis oraciones han sido egoístas por entero, mi oración ha sido de orgullo. Dios me ha mirado, y me ha dicho: “¿Estás dispuesto a beber el vaso?” “¡Oh, no! Señor. Lo que quiero es una respuesta a mi oración.” “Pero, tienes que beber el vaso. ¿Estás dispuesto a ser bautizado con el bautismo del sufrimiento?” “No, Dios. Simplemente lo que quiero es la bendición, no el sufrimiento.” Salomé nos dice, a cada uno de nosotros: “La cruz es un lugar de reprensión.” Dios se complace en honrar a Sus siervos y a Su pueblo. Un día iremos a disfrutar de Su gloria eterna. Pero, antes de la gloria, tiene que haber sufrimiento. “El Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione” (1 P. 5:10).

María Magdalena nos dice que la cruz es un lugar de redención. ¿Ha sido usted redimido? Salomé nos dice que la cruz es un lugar de reprensión. Tal vez al estar nosotros cerca de la cruz Dios reprenda nuestro egoísmo, nuestro orgullo y nuestro deseo de gloria sin sufrimiento.

Un Lugar de Recompensa

Ahora miremos a María y a Juan-María, la madre de nuestro Señor Jesús, y Juan, el discípulo al cual Jesús amaba. Si usted hubiera estado al lado de María, en el Calvario, y le hubiera preguntado: “¿Qué significa estar cerca de la cruz?” pienso que ella hubiera replicado: “La cruz, para mí, es un lugar de recompensa.” Es interesante notar que encontramos a María al principio del Evangelio de Juan, y al final del mismo. La encontramos en Juan 2 y en Juan 19, pero los dos incidentes están en contraste. En Juan 2 María está en una boda y participando de la alegría de la fiesta. En Juan 19 está participando de la tristeza de un funeral. En Juan 2 el Señor Jesús dio una demostración de Su poder, y tornó el agua en vino. En Juan 19 nuestro Señor Jesús moría en agonía y vergüenza. Pudo haber ejercido Su poder y haberse librado a Sí mismo; pero, de haberlo hecho, no hubiera acabado la obra de la salvación. No vino para salvarse a Sí mismo, sino para salvarnos a nosotros.

En Juan 2 encontramos a María hablando, pero en Juan 19 ella guarda silencio. Su silencio es interesante; de hecho, es muy importante. En Juan 2 es de esperarse que ella diga algo. El vino se había acabado, y eso era una tragedia social en los días de Jesús. En alguna parte leí que una persona podía ser multada por invitar gente a una fiesta y no tener suficiente vino. María se acercó a Jesús y le dijo: “No tienen vino” (v. 3). Jesús suplió esa necesidad de acuerdo a Su corazón de gracia y amor.

Pero en Juan 19 María guarda silencio. Pienso que si alguna persona pudiera haber rescatado de a cruz a Jesús era Su madre, María. Todo lo que hubiera tenido que hacer era acercarse a los soldados romanos y decirles: “Yo soy su madre; yo le comprendo mejor que nadie. Lo que él dice no es verdad; por consiguiente, déjenlo en libertad.” Si María hubiera presentado esta clase de testimonio podría haber rescatado al Señor Jesús. Pero guardó silencio. ¿Sabe usted por qué guardó silencio? Porque ella no podía mentir. Allí, junto a la cruz, su silencio fue un testimonio de que Jesucristo era el Hijo de Dios. Si alguien conoce a un hijo, ciertamente es su madre. Si Jesucristo no hubiera sido lo que reclamaba ser, María hubiera podido salvarlo. Pero permaneció en silencio, y ese silencio es un elocuente testimonio de que el Jesucristo que adoramos es Dios-Dios el Hijo venido en carne humana.

La cruz era un lugar de recompensa para María. ¿En qué sentido? En el sentido de que el Señor Jesucristo no la ignoró, sino que la recompensó al dejarla con el discípulo amado, y viceversa. María debe ser reconocida con honor, pero no debe ser adorada. En el Evangelio de Lucas se nos dice que María mismo dijo: “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lc. 1:47). María fue salva por la fe, igual que cualquier otro pecador. El ángel no le dijo: “Bendita tú sobre las mujeres.” Lo que le dijo fue: “Bendita tú entre las mujeres” (v. 28). Reconocemos que María fue bendita, porque sufrió para traer al mundo al Salvador.

Simeón le había dicho: “Una espada traspasará tu misma alma” (Lc. 2:35). En la cruz ella experimentaba el clímax de ese sufrimiento. Cuando se descubrió que estaba encinta, empezó para ella el sufrimiento, la vergüenza y el reproche. Fue mal entendida. La gente murmuraba de ella. Se casó con José, un carpintero, y vivía en pobreza. Dio a luz al Señor Jesús en un establo.

Tuvieron que huir de Belén para escapar de la espada, y sin embargo algunos niños inocentes murieron a causa de su nene. Me preguntó cómo se sentiría María en cuanto a eso. Se gozó porque su hijo fue librado, pero debe haber sentido la espada en su propia alma al enterarse de que otros niños inocentes habían muerto.

Cuando nuestro Señor Jesús fue un adolescente, le había dicho: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (v. 49). Eso marcó el inicio de una experiencia de separación, una separación creciente. En ocasiones María realmente no le entendía. ¡La espada atravesaba su propia alma! María, al pie de la cruz, sufría. Sufría porque El moría. Sufría por la forma en que moría-en una cruz, contado con los transgresores. Sufría por el lugar en donde moría-en público, a la vista de toda suerte de gentes. Era tan cosmopolita la muchedumbre, que Pilato hizo escribir en tres idiomas la declaración para la cruz. ¡Nuestro Señor no fue crucificado en un callejón escondido! ¡Fue crucificado a vista de todos, en público, en vergüenza! Y María estaba allí, sintiendo la espada que atravesaba su alma.

Pero Jesús la vio, y le dio seguridad de su cariño. Siempre lo hace así. Tal vez usted esté atravesando un calvario. Tal vez usted está sufriendo intensamente por algo que ha ocurrido. Quiero que sepa que el Señor Jesús siempre nos da seguridad de Su amor. A María le dijo: “Mujer [un título de respeto], he ahí tu hijo” (Jn. 19:26). ¿Se refería a Sí mismo? Pienso que no. Pienso que se refería a Juan. Luego dijo a Juan: “He ahí tu madre” (v. 27). ¿Qué es lo que estaba haciendo? Estaba estableciendo una nueva relación. A María le estaba diciendo: “Voy de regreso al cielo. Por esto tú y yo debemos tener una relación enteramente nueva.

Pero, para dar paz a tu corazón, para restañar la herida causada por la espada que te ha atravesado, te entrego a Juan.” Le aseguró Su amor al tomar a Su discípulo amado y hacerlo hijo de María. El Señor Jesús sintió el dolor de ella. Conocía la soledad que la afligía, y la recompensó dándole al discípulo que tanto había amado.

Leí en alguna parte que el testamento más largo que se conoce consta de cuatro enormes volúmenes. Tiene 95.940 palabras. El testamento más corto del que se tiene noticia está en Inglaterra, y contiene solamente tres palabras: “Todo para mamá.” Jesús no tenía posesiones terrenales para dejar.

Los soldados ya se habían jugado sus vestiduras. ¿Qué podría dejarle a María? Le dio a Juan. “Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (v. 27).

Para María la cruz era un lugar de recompensa. Al final, Dios recompensa a los que han sufrido.

Un Lugar de Responsabilidad

Ahora debemos hablar con Juan. “Juan, ¿Qué significa para ti estar al pie de la cruz?” Pienso que Juan hubiera contestado: “Este es un lugar de responsabilidad.”

Nuestro Señor Jesús reinaba desde la cruz. Estaba en control. Daba órdenes. Daba direcciones a Sus seguidores y seres queridos. Restauró a Juan. Juan le había abandonado y había salido huyendo. Todos los discípulos habían hecho lo mismo. El Pastor había sido herido, y las ovejas esparcidas. Pero Juan regresó hasta la cruz. ¡Fue restaurado y perdonado! Usted y yo podemos habernos descarriado, podemos haber desobedecido o aun haber negado al Señor; pero podemos retornar. Juan regresó hasta la cruz. No era el lugar más seguro para colocarse, ni el más fácil de ocupar. He estado junto a algunos moribundos, pero nunca en una situación ni remotamente parecida. Regresar requirió valentía y amor de parte de Juan. El Señor Jesús lo restauró, y fue Juan mismo el que luego escribiría: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).

Jesús no solo que restauró a Juan, sino que también le honró. Le dijo: “Juan, tú vas a tomar mi lugar. Ya no estaré más en esta tierra para velar por mi madre humana, María; de modo que tú vas a tomar mi lugar. Vas a llevarla contigo, y tú vas a ser para ella un hijo.” Lo interesante es que todos nosotros estamos tomando Su lugar. Después de Su resurrección, dijo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Jn. 20:21). Usted y yo representamos a Cristo delante de otros. Juan debía amar a María, por cuanto debía ocupar el lugar de nuestro Señor en la vida de ella. Usted y yo tenemos que amar a otros en la manera en que el Señor Jesús nos ha amado. Juan fue el discípulo al cual amaba Jesús.

Es interesante notar, en los capítulos finales de su Evangelio, cómo Juan mostró su amor por el Señor Jesús.

En Juan 13:23 leemos que Juan “estaba recostado al lado de Jesús.” El amor siempre es algo del corazón. En Juan 19:26 leemos que Juan estaba al pie de la cruz. Una cosa es recostarse en el pecho de Jesús privadamente, en el aposento alto, y algo totalmente distinto ponerse públicamente al pie de la cruz. Pero el amor siempre ocupa su lugar y sufre. Juan 20:4 nos dice que Juan corrió al sepulcro. Más adelante reconoció a Jesús y dijo: “¡Es el Señor!” (21:7). El amor siempre reconoce al ser amado. Luego, el amor le hizo seguirle. Jesús dijo:
“Sígueme,” y Juan le siguió. Finalmente, el amor da testimonio. Juan dijo que él daba “testimonio de estas cosas” (v. 24), porque las había visto y sabía que eran ciertas.

La cruz es un lugar de responsabilidad. Si usted y yo nos hemos acercado a la cruz, tenemos una grande responsabilidad-la responsabilidad de amar al Señor Jesús, y luego vivir por El y amar a otros. La vida cristiana no es una vida fácil, pero es una vida maravillosa. Estoy convencido que la vida cristiana es una vida mucho más fácil que la vida de pecado. “Junto a la cruz”-ese es el lugar donde El nos quiere. Es un lugar de redención. Si usted nunca ha confiado en el Señor Jesús, usted puede ser redimido. Sencillamente venga a la cruz por fe y confíe en El. “Junto a la cruz” es un lugar de reproche.

Todo nuestro orgullo y egoísmo se desvanece cuando nos ponemos al pie de la cruz y vemos al Señor Jesús sufriendo por nosotros.

“Junto a la cruz” es un lugar de recompensa. “Mujer, he ahí tu hijo . . . He ahí tu madre” (Jn. 19:26,27). Es un lugar de responsabilidad. Cuando nos acercamos a la cruz, por medio de la fe en Cristo Jesús, no podemos escaparnos, no podemos escondernos. Debemos ocupar nuestro lugar e identificarnos con El en comunión con Sus sufrimientos. Entonces podemos ir y hacerla obra que El nos ha llamado para que hagamos.

Cualquier cosa que sea lo que Dios le ha llamado a hacer, amigo mío, hágala. Si se acerca a la cruz descubrirá que es un lugar realmente maravilloso.