CAPÍTULO VII “En tus Manos Encomiendo mi Espíritu”

Usted no está realmente preparado para vivir a menos que esté preparado para morir. Mucho de lo que tiene lugar en este mundo es una batalla contra la muerte. La muerte viene. Es una cita, y sólo Dios sabe la hora. Por esto es maravilloso ser cristiano, y conocer a Jesús como Salvador personal.

Entonces uno tiene confianza y no tiene que temerle a la muerte. La séptima declaración de Jesús desde la cruz nos habla en cuanto a la muerte y a cómo El murió.

“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lc. 23:46). Cuatro características de Su muerte sirven para estimularnos y eliminar cualquier temor a la muerte.

Murió Realmente

En primer lugar, murió realmente. Su muerte no fue una ilusión; en realidad murió. El Señor Jesús tenía un cuerpo humano real, y experimentó todas las debilidades no pecaminosas de la naturaleza humana. Supo lo que era crecer; supo lo que era comer, beber o dormir. También supo lo que era morir.

Realmente murió. Su muerte fue una muerte real. Juan registra que los oficiales comprobaron muy cuidadosamente para estar seguros de que Jesús había muerto. Cuando los soldados vinieron a ver a los que habían crucificado, descubrieron que Jesús ya había muerto (véase Jn. 19:33). Por tanto, no le rompieron las piernas. Cuando José y Nicodemo quisieron que se les entregara el cuerpo de Jesús, a fin de darle una sepultura decente, tuvieron que obtener primero el visto bueno de Pilato, y Pílato se asombró de que Jesús estuviera ya muerto (Mr. 15:44). La evidencia oficial del imperio romano fue que Jesús realmente había muerto.

La evidencia de los escritores de los evangelios es también la de que Jesús realmente murió. No es que meramente sufrió un desmayo en la cruz y luego, al ser puesto en la fría tumba, revivió y pretendió que fue una resurrección.

Este necio pensamiento se desvaneció ya hace rato. El Señor Jesucristo realmente murió; gustó la muerte por toda persona.

En la Biblia la palabra muerte es aplicada a los creyentes con muy poca frecuencia. Más bien se dice: dormir. Pablo se refiere a los creyentes que habían muerto como “los que durmieron en él”(1 Tes. 4:14). Pero cuando Jesús murió, no durmió-fue realmente muerte. Probó el sabor total de la experiencia de la muerte. Confrontó al postrer enemigo-la muerte-y valientemente dio cara a su sufrimiento, su juicio, su dolor, su finalidad.

Murió en realidad. Cuando uno se detiene a pensar que El murió por nosotros, encuentra que eso significa que no debemos tener miedo a la muerte.

Murió Confiadamente

Este hecho nos lleva a la segunda característica de la muerte de mi Señor: No solo que murió realmente, sino que también murió confiadamente. Dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46).

La Presencia del Padre

Murió confiadamente por cuanto contaba con la presencia del Padre. Así lo llamó: “Padre.” Tres veces, mientras colgaba de la cruz, Jesús se dirigió a Dios. Su primera expresión desde la cruz fue: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34). Su cuarta expresión fue: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Su séptima expresión fue: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). Al principio, en medio, y al fin de Su prueba, nuestro Señor oró a Su Padre.

Es digno de notarse que la palabra “Padre” estuvo a menudo en los labios de nuestro Señor.

Cuando tenía doce años dijo: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (2:49). En el sermón del monte usó la palabra Padre más de quince veces. En el discurso del aposento alto, y en Su oración sacerdotal (Jn. 17), nuestro Señor se refirió al Padre muchas veces. Murió confiadamente. Contaba con la presencia del Padre.

La Promesa del Padre

Murió confiadamente por cuanto contaba con la promesa del Padre. Nuestro Señor citó una parte del Salmo 31:5: “En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad.” Este versículo es una promesa del Antiguo Testamento, y Jesús la aplicó a Sí mismo. Pero la cambió, y puede hacerlo puesto que El es el autor de la Palabra. Añadió la palabra “Padre,” y omitió la frase en cuanto a ser redimido. Jesús no tenía que ser redimido. Jamás había pecado, y no necesitaba ser redimido. Cuando murió, se apropió de la Palabra de Dios y se entregó confiadamente al Padre.

Todas las tres oraciones dichas desde la cruz están ligadas a las Escrituras. Cuando Jesús oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34), estaba dando cumplimiento a lo registrado en Isaías 53:12: “Habiendo él… orado por los transgresores.” Cuando clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46), estaba citando el Salmo 22:1. Cuando dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46), estaba dando cumplimiento a lo dicho en el Salmo 31:5. Nuestro Señor Jesús vivió según la
Palabra de Dios, y si usted vive de acuerdo a la Palabra de Dios, usted puede morir por la Palabra de Dios. ¿Qué seguridad tiene usted de que tendrá confianza en la hora de su muerte? La única seguridad que tenemos está en la Palabra de Dios.

Jesús murió confiadamente con la presencia del Padre y con la promesa del Padre.

La Protección del Padre

En tercer lugar, Jesús tenía la protección del Padre. “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). Por muchas horas nuestro Señor había estado en manos de pecadores. A Sus discípulos había dicho: “Voy a ser entregado en manos de pecadores” (véase Mr. 14:41). Manos de pecadores lo arrestaron y lo aprisionaron. Manos de pecadores le azotaron. Manos de pecadores le flagelaron.

Manos de pecadores pusieron una corona de espinas en Su cabeza. Manos de pecadores le clavaron en una cruz. Pero cuando llegó al mismo término de Su obra, Jesucristo ya no estuvo más en manos de pecadores; estaba en las manos del Padre.

Murió confiadamente por cuanto estaba en las manos del Padre. “No me entregaste en mano del enemigo” (Sal. 31:8). El Salmo 31:15 dice: “En tu mano están mis tiempos; líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores.” La seguridad más grande se halla en las manos del Padre.

Murió Voluntariamente

Murió realmente, y murió confiadamente. También murió voluntariamente. En cierto sentido nuestro Señor fue matado. Pedro dijo: “A éste,…prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (Hch. 2:23). Pero en otro sentido, no fue matado, sino que entregó voluntariamente Su vida. Dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder[autoridad] para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Jn. 10:17,18). Nuestro Señor Jesucristo murió voluntariamente.

¡Esto es algo maravilloso! Ningún sacrificio del Antiguo Testamento murió voluntariamente. Ninguna oveja, cabrito o cordero dio voluntariamente su vida. Pero Jesús puso voluntariamente Su vida por nosotros. Es maravilloso poder decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Realmente murió, murió confiadamente y murió voluntariamente.

Antes de dar Su vida, Jesucristo perdonó a Sus enemigos. Antes de dar Su vida, dio salvación al ladrón arrepentido. Antes de dar Su vida, se preocupó por Su madre. Antes de dar Su vida, terminó la obra que Dios le dio para que haga. Usted y yo no sabemos cuánto tiempo más Dios nos va a permitir vivir.

Cada día que tenemos, cada minuto que pasa, es un regalo de Su gracia. Por eso debemos perdonar hoy a nuestros enemigos-por si acaso muriéramos. No queremos morir albergando en nuestro corazón algo en contra de alguien.

Queremos llegar al momento de nuestra muerte habiendo compartido la salvación con otros. Queremos ser fieles en nuestra preocupación por aquellos que dependen de nosotros. Queremos poder llegar al final de nuestra vida y entregarnos a Dios voluntariamente, habiendo acabado la obra que Dios nos dio para que hiciéramos.

Murió Victoriosamente

Jesús murió realmente, murió confiadamente, y murió voluntariamente. Por último, murió victoriosamente. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu,” exclamó. Nuestro Señor Jesucristo concluyó la obra que Dios le dio para que hiciera, y cuando entregó Su espíritu, ocurrieron varios milagros. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, y Dios abrió el camino hasta el Lugar Santísimo (véase Mt. 27:51). Algunos sepulcros se abrieron, y algunos santos fueron revivificados (v. 52). Jesucristo demostró ser victorioso sobre el pecado (el velo rasgado) y sobre la muerte (las tumbas abiertas). Hubo un terremoto que estremeció el área (v. 51). Nos recuerda del terremoto que ocurrió en el monte Sinaí, cuando Dios descendió para dar la Ley (véase Ex. 19:18). Pero el terremoto que hubo cuando Jesús murió no anunciaba el terror de la Ley ¡Anunciaba el cumplimiento de la Ley! ¡El Señor Jesucristo murió victoriosamente, conquistador del pecado, de la muerte y del infierno! El Señor Jesucristo murió por los pecadores. Murió realmente, murió confiadamente, murió voluntariamente y murió victoriosamente. No murió por Sus propios pecados por cuanto no tuvo ninguno. Murió por los pecados del mundo. Un día usted también va a morir. Usualmente la gente muere en la misma manera en que ha vivido.

Desde luego, Dios puede obrar y algunas personas pueden ser salvadas al último minuto. Personalmente he guiado a varias personas a Cristo estando ellas en su lecho de muerte. Pero no corra el riesgo. No juegue con la eternidad.

Usted también puede morir confiadamente, con la seguridad de que va a estar en la casa del Padre. Puede morir acogiéndose a las promesas de la Palabra de Dios, que le dan gracia, fortaleza y confortamiento. Puede morir en el lugar más seguro de todo el universo-las manos de Dios.

Jesús dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Jn.10:27,28). ¡Qué maravilloso poder morir con confianza y seguridad, y poder decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”!