SOY TARTAMUDO Y HE SUFRIDO MUCHO POR ELLO


Soy cristiano desde niño. Soy tartamudo y he sufrido mucho por ello. Quiero que me aconsejen sobre qué debo hacer para estar realmente agradecido de corazón con el Señor por mi problema, ya que oro al Señor agradeciéndole, pero en el fondo, en el momento del problema, yo no me acepto y lucho y sufro por no poder hablar bien. Esto me provoca más tensión y hablo peor. Creo que todo esto está fuera de mi control, pero quiero entender en todo momento que no está fuera del control del Señor ya que en los momentos en que me olvido que Dios está en control de todo, hablo peor por querer arreglar el problema por mis propios medios.

La tartamudez es uno de varios trastornos en la ejecución del lenguaje. Se caracteriza por hablar o leer con pronunciación entrecortada y repitiendo las sílabas. Las causas pueden ser de origen orgánico o psicológico.

Como sucede con cualquier otro trastorno, la persona que lo padece se convierte en un candidato ideal para ser objeto del rechazo de los que son “normales” entre comillas. Cuando esto se da, se produce un campo fértil para una sucesión interminable de variados sentimientos negativos.

Surge un sentimiento de inferioridad, auto compasión, resentimiento contra Dios, amargura contra los que no tienen el mismo trastorno, viene la soledad, la cual lleva a la depresión, al fatalismo y hasta al intento de suicidio.

Me imagino que Ud. habrá experimentado, si bien no todo esto, pero al menos algo. La ventaja que Ud. tiene, en medio de su problemática, es que Ud. conoce y ama al Señor.

Muchas personas que padecen este trastorno no tienen esto y para ellos es tremendamente difícil sobreponerse a las circunstancias. Me gustaría sugerir algunas acciones que espero le sean de ayuda.

En primer lugar, reconozca que Ud. no puede enfrentar solo esta situación. Ud. necesita de ayuda sobrenatural para enfrentar con éxito esta prueba. Eche mano de la gracia de Dios para sostenerse firme en medio de su problema. Haga suyas las promesas de la palabra de Dios.

Ponga como una ancla de su vida, por ejemplo, lo que dice Salmo 55:22 que dice: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo”

La promesa de Dios es no dejarle caído para siempre. Pero para que esta promesa sea una realidad en su vida, Ud. necesita echar, arrojar, poner sobre Jehová esa pesada carga por su trastorno en la ejecución del lenguaje. Dígale a Dios en oración: Señor: Yo no puedo llevar esta carga. Es demasiado grande para mí. Tú me lo has dado y quiero devolvértela a ti para que tú la lleves por mí.

El Señor no va a rechazar este pedido suyo sino que tomará su carga para que Ud. se sienta libre de ella y pueda vivir la vida abundante que Dios quiere darnos a los que le amamos.

En segundo lugar, le recomiendo que persevere en oración pidiendo a Dios que le cure de ese trastorno en el habla. Yo sé que Ud. ha orado ya por esto, pero hasta ahora el Señor no ha respondido a su oración afirmativamente. No se desanime por ello. Persista en su oración. Dios tiene todo el poder para sanarle de su problema.

Yo conozco de primera mano el caso de un niño que durante toda su niñez y pubertad padeció de tartamudez. Sin que él lo sepa yo clamaba al Señor por la sanidad de ese niño. No es que yo tenga el don de sanidad o algo por el estilo, pero Dios oyó mi oración y contestó mi oración. Cuando ese niño entró a su juventud, Dios le curó de ese trastorno del lenguaje y ahora es un siervo de Dios que predica la palabra de Dios sin ningún obstáculo en el habla. Dios es poderoso. Persevere en la oración.

Lo que pasa es que a lo mejor todavía no es el tiempo de Dios para sanarle, porque él quiere enseñarle algo durante este tiempo. O a lo mejor Dios quiere mantenerle así hasta la muerte. Si este es el caso, Dios sabe por qué, aunque Ud. y yo no lo entendamos. Dios puede mirar más allá de lo que nuestros ojos ven y por eso muchas veces Dios hace cosas que nos parecen absurdas y dolorosas, pero que a la larga, Dios sabe por qué las hace. Confíe en el plan soberano de Dios. Dios jamás se equivoca.

Note lo que dice la Biblia en Romanos 8:28 “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.”

Para Ud. debe ser muy difícil hallar razones para padecer ese trastorno del habla. No es que Dios le está castigando o que Dios no puede sanarle, etc. Simplemente es algo que Dios así lo quiere para un buen fin, aunque sea difícil y doloroso para Ud. No pregunte a Dios ¿porqué? Sino ¿para qué? Dios viene ya con la respuesta a esta pregunta. Dios dice: Para cumplir con mi plan soberano, el cual es bueno.

En tercer lugar y bajo la estrecha dirección del Señor, busque ayuda profesional para ese trastorno del lenguaje. Puede ser que la causa sea orgánica y a lo mejor con ayuda médica se pueda resolver el problema. No deseche la ayuda de los médicos. Recuerde que Dios puede curar sin los médicos, por medio de los médicos o a pesar de los médicos.

En cuarto lugar y hasta que el Señor no arregle su trastorno en el lenguaje, aprenda a vivir con eso. Ud. debe reconocer que por ahora, a lo mejor está fuera de su capacidad el predicar desde el púlpito en el templo o el dar una clase de escuela dominical a niños, jóvenes o adultos, o pararse en el tren o en un autobús para predicar el evangelio. Pero recuerde que no solo los que hablan en público sirven al Señor. Ud. puede perfectamente servir al Señor siendo un buen padre, un buen esposo, un buen empleado, un buen hermano en la fe. Ud. puede compartir con otros el mensaje del evangelio entregando folletos evangelísticos, etc. Es decir, que porque no puede hablar bien, no piense que está anulado para servir al Señor. No ceda a la tentación de armarse de fuerza de voluntad y decir: Muy bien, ahora van a ver como puedo hablar sin tartamudear. El resultado será fatal. Es mejor por ahora decir al Señor: Dios, tú me has dado este problema en el habla. Lo acepto. Y mientras tú no me lo quites, voy a servirte de una manera que se ajuste al problema que tengo. Dios lo entenderá. Dios jamás nos pide hacer algo para lo cual él no nos ha capacitado previamente. Dios quiere que seamos fieles en lo que podemos hacer y que dejemos en sus manos lo que no podemos hacer.

Finalmente, es inevitable el rechazo que Ud. experimentará a causa de su problema. El ser humano es cruel en este sentido, pero contra eso no podemos hacer mucho aparte de refugiarnos en la mano del Señor.

Quisiera que leamos Isaías 53:3 “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos.”

Bueno, este texto no está hablando de un tartamudo o de un ciego, o de un mudo o de un cojo, etc. Está hablando de Jesucristo, el santo, puro y perfecto Hijo de Dios. Pero a pesar de eso. Él fue despreciado. Él fue desechado entre los hombres. Los hombres lo consideraron como una basura. Él fue un varón caracterizado por el dolor, un hombre experimentado en quebrantos. La gente se avergonzó de él. Escondió el rostro de él como si fuera un leproso. Fue menospreciado por todos y nadie estuvo dispuesto a estimarle.

De esto aprendemos que el rechazo y el desprecio de la gente no tiene nada que ver con el valor intrínseco que tiene Ud. como individuo. A los ojos de Dios, y en términos de su valía como persona, Ud. es tan importante como cualquier otro. El sacrificio de Cristo nos asegura que somos aceptos por él.

En último término lo que cuenta es que él nos acepte. No importa que la gente nos desprecie. Por este motivo empiece a practicar la adoración al Señor, hasta que se haga un hábito en su vida. Hágalo consistentemente, sabiendo que ha sido aceptado y redimido por él. Lea uno o dos salmos todos los días. Dele gracias a Dios porque su amor es firme, seguro, e inmutable y porque no depende de lo que Ud. haga para merecerlo.